EL INQUILINO

María Pomé

Desde el año 2017 hasta el año 2019 alquilamos una casa muy cerca de la terminal de la ciudad, lo que me resultaba muy cómodo, ya que para trabajar me trasladaba en colectivo todos los días. Era motivo de alegría.
La primera vez que entramos con mi marido para verla junto a la dueña que estaba muy interesada en alquilarla lo más pronto posible, era de noche y al atravesar la puerta sentí un dolor fuerte en el pecho, como una especie de opresión, un malestar que conocía de antaño, desde que era apenas una niña en la casa de mis padres, cuando se apagaban las luces para ir a dormir y esa opresión crecía dentro mío en ciertos lugares de la casa como el pasillo o la cocina. Aunque, sabía muy bien lo que eso significaba, traté de no darle importancia y le dije a Javier que sí, que estaba muy bien, que estaba contenta de que nos mudemos pronto.


La casa estaba dividida por la mitad. La habían transformado en dos casas para sacarle mayor provecho económico. La mitad más grande era la que nos correspondía, una cocina comedor amplia con la puerta de enfrente. Un largo pasillo de más de un metro de ancho y a lo largo de éste estaban las dos habitaciones y la puerta del baño. Donde terminaba había una especie de calefón en la esquina, un lavadero chiquito y la puerta que daba al patio de atrás. El patio era muy amplio, tenía árboles frutales, de mandarinas, limones y nísperos, césped en algunas partes y un piso de cemento. Había otro lavadero techado afuera. Era mucho, pero mucho más grande que el departamento que habitábamos antes.


Cuando salí al patio trasero la primera vez, me llamaron la atención una herradura colgada en el marco de la puerta y más allá otra colgada en la correa del techo. Pensé que tal vez, las personas que la habitaron antes eran supersticiosas y no quise que me entrara la desconfianza. Sin embargo, ésta llegó cuando la mujer, al entrar a la habitación más grande, nos dijo que nunca abriéramos la ventana de madera que allí se encontraba. Esta ventana daba a una especie de cuartito de guardar trastes, y que ella tenía varias cosas guardadas allí. Que no abramos esa ventana por las dudas no vaya a haber ratas. Eso dijo con su vocecita nerviosa. Inmediatamente me invadió la incertidumbre, y pensé: «Ojalá sean ratas las que quieran entrar por ahí».
Nos mudamos. Todo parecía perfecto mientras las luces se mantuvieran encendidas, sobre todo en el largo pasillo. Era un lugar que lamentablemente tenía poca luz del día, una sola ventana, un ventanal que daba a la calle en la cocina y nada más, por lo que siempre teníamos prendida la luz artificial.
Pasó el tiempo entre algunos fenómenos extraños como cuando se apagaban las luces de la nada, o había ciertos ruidos en la cocina en el momento en que ya estábamos todos en cama, alguna que otra cosa que se cayó sin que nadie la volteara, cosas normales dentro de lo que uno considera normal si ya vivió algún fenómeno inexplicable dentro de una casa antigua. Hasta que una tarde, una tarde yo estaba con mi nenita de cuatro años en el lavadero de afuera. Lavaba las zapatillas en la pileta, mientras ella jugaba en el patio. De a ratos la observaba como si ella estuviera conversando con alguien. Estábamos solas. Al menos eso creía. Porque la veía comportarse extraño. Conversaba con alguien que yo no podía ver. En un momento se acercó a mí y me dijo señalando hacia los árboles:


-Dice el chico que está allá que te vayas que no tenés que estar aquí.
Entonces, yo le pregunté: – ¿Qué chico?
Volvió a señalar: -Allá en el árbol, el chico que está en el árbol.
Pensé rápido y le dije: – Decile que el que no tiene que estar aquí es él, que se vaya ahora mismo.
Ella se dio la vuelta y volvió a seguir jugando. Yo seguí haciendo mis tareas, pero traté de terminar todo rapidito antes del atardecer. La tomé a mi niña de la mano y la llevé adentro. Cerré la puerta, pero antes, me saqué mi cadenita del cuello y colgué una cruz bendecida en el marco junto a la herradura, por si acaso.


Los días pasaban y mi nena había adoptado varios amigos imaginarios con los que jugaba y conversaba, y contra los que me tocaba lidiar. Pero, esto no es todo. La semana siguiente a ese episodio, vino mi hija mayor de visitas y mientras tomábamos mate, me contó que había hablado con una profesora de su escuela, quien además era nuestra vecina del frente.
La profe Martínez hacía muchos años que vivía en ese barrio y le preguntó a mi hija:

¿Cómo está tu mamá? ¿Están bien ahí en esa casa?
Mi hija ingenua a la situación le dijo que «sí» que estaba todo bien. Entonces, ella le respondió:
-Ah menos mal, porque en esa casa pasaban cosas y son varios los inquilinos que, así como llegaron, se fueron.
Se hizo un silencio incómodo y la profe lo rompió con estas palabras:
-Ahí hace unos años se ahorcó un hombre en uno de los árboles del fondo.
Fue en ese momento del diálogo con ella que lo entendí todo.

María Pomé


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