Hecho Cultural Anacrónico

BESOS QUE MATAN EN LA TIERRA DE LOS SIN ALMA

Ph: Karina Estrella Argentina

Juana es una mujer angustiada que sufre por un amor no correspondido. Este en la noche de la despedida sella sus labios con un beso. Ella jamás podrá enamorarse nuevamente por que sus labios, sus besos e incluso su alma pertenecen a Atilio.
Pasó el tiempo y Juana calma su terrible angustia provocando desilusión en otros que quieren enamorarla. Los hace esperanzar y creer que siente algo por ellos. Todo formaba parte de su juego.
Cuando llega el momento de intimar Juana les advierte que sus labios están sellados y que es imposible que otros besos los abra otra vez. Ante la insistencia de los ocasionales amantes, Juana cede espacio y les advierte que su beso puede matarlos.
¿Te atreverías a no besar a alguien con semejante amenaza? De amantes ocasionales pasan a víctimas de sus besos. Estos provocan una muerte instantánea, rápida, segura e inexplicable para los que quieran comprender. Juana vive sola, encerrada, insatisfecha porque Atilio no viene a buscarla. En un ostracismo profundo vegeta en su mundo cerrado a todo. Lo único que la une a la realidad es una cámara de fotos semiautomática y sus pequeños frascos de análisis.
Con estos elementos en su cartera Juana recorre las calles y plazas de las tierras de los sin almas en busca de ocasionales víctimas.
Cuando a su lado pasa alguien que la atrajo lo fotografía, puede ser un hombre, una mujer, se presenta ante su víctima y cuando todo parece que va a una relación sentimental instantánea, Juana advierte a su ocasional amante lo que puede ocurrirle, Estas palabras en la boca de una mujer atractiva se convierten en una tentación, dulce y amorosa tentación…

Juana saca de su cartera un frasquito de esos que se utilizan para hacerse análisis de sangre y les pide que viertan un poco de su saliva en él, para quedar en su recuerdo el momento vivido. Este acto les produce mayor excitación a los acompañantes y conceden cordialmente un poco de su saliva.
Completado este ritual, Juana besa al ocasional compañero, ella piensa que está viajando por los labios de Atilio. Cuando termina el beso abre los ojos y ve que no es Atilio el que está frente suyo. Sale corriendo despavorida, angustiada. El desahuciado compañero sale en busca de ella, pero nunca logra alcanzarla.

Juana vuelve al mismo lugar donde besó a la víctima y ve como ya están muertos o moribundos en el suelo. Ella repite estos actos 2 o 3 veces por día, y lleva en su haber muchas víctimas. Esto calma a Juana, pero a la vez sus noches son tormentosas, pues sueña con cada uno de ellos, tiene letargos horrendos y alucina con que vienen a buscarla para devolverles el beso mortal.
El cuarto de Juana, su sala, es más casi toda su casa ya están llenas de fotos y los frascos. Juana solo es feliz cundo recuerda a Atilio, por eso busca esa felicidad cuando besa a otros, pero se desilusiona cuando se da cuenta que no es él.
Nadie sabe de Juana. Solo Atilio que conoce sus pasos y acciones. Atilio cita a Juana para encontrase en una plaza cuando cayera el sol.
Ella hacía ya años, que no tenía noticias de su amado, había envejecido considerablemente. Estaba dispuesta a esperarlo toda la vida e incluso de reencontrarse con él en otra vida si la hubiese. Cuando escuchó la voz de Atilio en el teléfono casi desfallece por la emoción recibida.

El reencuentro sería ese mismo día al ocaso en la plaza olvidada, a esa hora ya solo caminaban por las calles todos a los que llamaban sin almas, hombres mudos, vacíos, tilingos y de caminar sigiloso.
Juana también era de la tierra de los sin alma, era iguales al resto salvo que siempre tuvo una especie de dualidad, creía que era ella la única ser humano del planeta y los demás extraterrestres; o ella era la única extraterrestre en un planeta humanoide.
Para ese encuentro Juana se preparó como para ir a su propio casamiento, a tal punto que su imaginación voló toda la tarde con recuerdos hermosos de Atilio. Esa tarde ella salió de su casa. Iba en busca de “su amor”, el amor de su vida. Estaba dispuesta a perdonarlo por haberla abandonado todos estos años.

Salió presurosa, esta vez con su cámara, pues sería la última foto que haría. Atilio abriría sus labios nuevamente y con ello la felicidad eterna. Ya nada de pesadillas por las noches, ni largas tardes de ausencia de los sentidos. Era el día. El día del arrepentimiento, el día del perdón, el día de felicidad para siempre.
Juana llega a la plaza y divisa la figura omnipotente de un hombre alto que estaba de espalda por donde ella venía. Comenzó a caminar hacia él hasta pararse a unos pocos metros. Juana gritó su nombre, él se dio vuelta sonrió y Juana no podía creer al ver a Atilio que no había envejecido y que ella ya era una anciana. Igual se aproximó hacia él para besarlo. Ese beso tal vez el más largo e intenso de esta historia, termina cuando Juana deja caer su cámara y se desploma sin respiración para morir luego de unos segundos en el suelo de aquella olvidada plaza.
Antes de expirar Juana le dice a Atilio que lo ama, él le dice que también y que pronto se encontrarán en el otro lado. Juana muere con los ojos abiertos y con un beso de Atilio. Este toma la cámara de Juana y se pone de pié y le saca su última foto, se lleva la cámara y se aleja del lugar hasta perderse en las sombras.

Atilio representaba a la muerte misma que se había llevado a esta mujer, la que había sido solo un mero instrumento de exterminio en la tierra de los sin almas. Ahora iba en busca de “otro” instrumento también descartable como lo fue Juana.
En esta vida tan corta y efímera solo somos eso, instrumentos de otros que somos utilizados con un fin determinado…solo eso. Fin.

Mae Marcelo Elías
1 de mayo de 2012


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